De la homeopatía, los yogures caducados y el cacao de setas mágicas [Opinión]

Hace pocos meses la Agencia Española del Medicamento aprobó la venta de doce productos homeopáticos, equívocamente llamados medicamentos homeopáticos [1].

La homeopatía afirma que, por ejemplo, si tienes dolor de estómago, puede curarte la ingesta de un preparado extremadamente diluido de una sustancia que en forma concentrada te cause molestias en la barriguita.
Similia similibus curantur, lo semejante se cura con lo semejante, que dicen los homeópatas.
Semejante despropósito no tiene ninguna base científica [2], ni lo tendrá nunca. La tan cacareada memoria del agua no existe [3], el agua no puede recordar las sustancias con las que tuvo contacto en el pasado (apañados estaríamos si lo hiciera).

Al medicamento homeopático no se le va a exigir que cure, ni siquiera que parezca que cure; para su venta únicamente se le exige que no sea dañino y que pase unos determinados controles de calidad. Dado que básicamente están compuestos por agüíta fresca, estos requisitos los cumplirán sin problemas.

Pero detrás de su regularización puede haber intereses muy oscuros.

Para empezar, como apunta Naukas [4] , el Estado se ingresaría unos 30 millones de euros anuales en conceptos de tasas a las compañías que quieran vender sus productos homeopáticos en España.

Pero prefiero pensar mal, o peor aún en este caso.
Imaginen que tienen gripe. Además de los medicamentos que les recete su médico de cabecera para el tratamiento de los síntomas, en la farmacia ven un estante con productos homeopáticos, compran uno, se lo toman, y se recuperan en un tiempo ligeramente inferior al esperado. Lo achacan, como no, a la guarrería homepática ingerida, y en la siguiente visita a la consulta se lo comentan a su médico, quien recibe múltiples testimonios de pacientes que avalan la efectividad de estas sustancias, con que también él empieza a creer, a regañadientes, en la superchería.

La bola se va haciendo más grande, y los productos homeopáticos adquieren más y más popularidad. Su fabricación es barata (recuerdo: agua sucia con algún aromatizante para que sepa a medicina) y la población los acepta.
Llega el momento de dar el siguiente paso y permitir que sean recetados como un medicamento más. El negocio es cojonudo: el Estado financia botecitos de agua sucia, que se venden a buen precio, con inmensos márgenes de beneficio que, qué duda cabe en este país, irán en parte a parar a los bolsillos de los políticos.

Pero, ¿por qué parar aquí? La próxima vez que a un proletario se le detecte un cáncer de colon, que tiene una alta tasa de mortalidad, mejor le pagamos un medicamento homeopático que un fármaco antitumoral, cuya producción es mucho más cara.
El ministro de turno sale en la tele diciendo toma productos homeopáticos, que además se los toma junto con el yogur caducao de todas las noches y le va genial. Ante tal muestra de campechanismo los gilipollas el pueblo aplaude, sin saber que el yogur caducado se lo acaban dando a la criada sudamericana (“Toma rica, si no pasa nada, no ves que ya es legal lo que antes era insalubre”), y la píldora homeopática al perro de la criada sudamericana, que tenía lombrices, y que tras el tratamiento homeopático las siguió teniendo.

Acabo esta entrada con una anécdota sobre pseudofármacos. Hace un par de años un amigo mío empezó a sentirse muy cansado, cuando se levantaba por las mañanas se sentía más o menos como si llevase el día entero haciendo senderismo sin parar, lo cual afectaba notablemente a su vida diaria. Una amiga de su familia, enfermera de profesión, le recomendó que tomase unos sobrecitos de cacao en polvo, que al parecer llevaban un extracto de un hongo exótico que iba fenomenal para el cansancio de origen idiopático.
Los estuvo tomando durante dos meses, 20 euros que valía la cajita de 30 sobres. Huelga decir que no notó efecto alguno, salvo ser 40 euros más pobre. En mi ciudad hicieron furor, y varias personas más me los llegaron a recomendar “para que te sientas mejor todavía”.
Meses más tarde, una visita al cardiólogo le reveló que el misterioso cansancio era fruto de una enfermedad cardíaca, potencialmente letal, de la que por lo general el paciente se cura totalmente tomando ibuprofeno a cubos durante un mes.

Hoy día está totalmente recuperado, pero dejo a los lectores que imaginen su estado ahora si en lugar de ibuprofeno el cardiólogo le hubiese recetado sobres de cacao con setas mágicas.

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[1] La homeopatía sale del limbo legal, El País.

[2] Una bacteria inexistente, un pato inocente y unas amenazas insensatas, Naukas.

[3] Los timos del agua, Naukas.

[4] La respuesta homeopática del Ministerio de Sanidad, Naukas.

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